En tiempos de Maricastaña, hubo un rey que tenía una hija de
muy buen ver. Había otras mujeres hermosas en su corte, pero la infanta
tenía un cuerpo de quitarte el hipo y una sonrisa para conmoverte el
corazón. El rey envejecía y le preocupaba el problema de la
sucesión al trono. No tenía ni hijo ni hermano menor. En casos
semejantes la tradición insiste en que se busque un pretendiente
apropiado para casarse con la infanta. Es preciso que sea buena gente, por
supuesto: un duque de preferencia, al menos un conde. Se prefiere también
que sea bastante poderoso y que ya tenga experiencia suficiente para asumir el
control del reino si resultase necesario.
El
rey mandó a sus consejeros buscar en los reinos vecinos un hombre
adecuado. La infanta les dijo que, de preferencia, recomendaran un hombre bien
parecido, joven y culto, inteligente pero no demasiado inteligente. Pasaron tres
meses y los consejeros volvieron a presentar sus informes al rey y a la infanta.
Dijeron que habían buscado en todos los países vecinos a diestro y
siniestro, pero habían encontrado toda parte el mismo resultado; no
dieron con ningún pretendiente apropiado. En todos los países
había sucedido la misma cosa: una revolución popular cuyo
resultado final fue la abolición de la monarquía, así como
la supresión de la aristocracia. No quedaron en ninguna parte ni duques,
ni condes, ni aún el menor vizconde o marqués. El rey y los
cortesanos los escucharon embobados. ¡Dichoso mundo sin clase alta, sin
coronas, sin seda y sin armiño! ¿Como vivirí an los
artistas sin personas dignas de retratos magníficos? ¿Quién
pagaría a los compositores, a los joyeros, a los arquitectos?
¿Quién mataría a la caza mayor, a los elefantes y
rinocerontes? ¿Y – menudo problema – de qué
escribirían los periodistas de las revistas de gran tirada: ¿se
necesitaría decir «Adiós» a ¡Hola!?
¿Sería el K.O. para OK?
La gente
del reino, de todas las clases, estaba desconcertada, sin hacerse de preguntar
como se pudiera vivir sin reyes e hidalgos, sin personajes y celebridades. Era
una situación muy difícil a comprender, algo que no se
podía beber de un solo trago.
Sin
embargo, a la infanta la noticia le parecía interesante, incluso
fascinante. Al principio a tientas, después dando la paliza, pidió
a su padre que le dejase ir en uno de esos países para ver todas esas
maravillas.
«¿Padre, qué
problema hay? Soy joven, más sana que una manzana, bastante inteligente
para no ser engañada por estafadores o seductores, bastante fuerte para
defenderme. ¿No te recuerdas que tengo desde varios años un
cinturón negro de karate? ¡Si alguien tratara de agredirme, le
daría una que le mataría y acabaría cubierto de
cardenales!» Finalmente, el rey dio su consentimiento.
Hoy en día, la infanta trabaja como encargada de relaciones
públicas para un banco internacional y vive con su compañera,
Simone, en Nueva York donde viven felices pero no comen perdices porque son
vegetarianas.
mjr
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Published on e-Stories.org on 03.10.2025.
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