Mike Routledge

Déclassé (Venido a menos)

En tiempos de Maricastaña, hubo un rey que tenía una hija de muy buen ver. Había otras mujeres hermosas en su corte, pero la infanta tenía un cuerpo de quitarte el hipo y una sonrisa para conmoverte el corazón. El rey envejecía y le preocupaba el problema de la sucesión al trono. No tenía ni hijo ni hermano menor. En casos semejantes la tradición insiste en que se busque un pretendiente apropiado para casarse con la infanta. Es preciso que sea buena gente, por supuesto: un duque de preferencia, al menos un conde. Se prefiere también que sea bastante poderoso y que ya tenga experiencia suficiente para asumir el control del reino si resultase necesario.

 

El rey mandó a sus consejeros buscar en los reinos vecinos un hombre adecuado. La infanta les dijo que, de preferencia, recomendaran un hombre bien parecido, joven y culto, inteligente pero no demasiado inteligente. Pasaron tres meses y los consejeros volvieron a presentar sus informes al rey y a la infanta. Dijeron que habían buscado en todos los países vecinos a diestro y siniestro, pero habían encontrado toda parte el mismo resultado; no dieron con ningún pretendiente apropiado. En todos los países había sucedido la misma cosa: una revolución popular cuyo resultado final fue la abolición de la monarquía, así como la supresión de la aristocracia. No quedaron en ninguna parte ni duques, ni condes, ni aún el menor vizconde o marqués. El rey y los cortesanos los escucharon embobados. ¡Dichoso mundo sin clase alta, sin coronas, sin seda y sin armiño! ¿Como vivirí an los artistas sin personas dignas de retratos magníficos? ¿Quién pagaría a los compositores, a los joyeros, a los arquitectos? ¿Quién mataría a la caza mayor, a los elefantes y rinocerontes? ¿Y – menudo problema – de qué escribirían los periodistas de las revistas de gran tirada: ¿se necesitaría decir «Adiós» a ¡Hola!? ¿Sería el K.O. para OK?

 

La gente del reino, de todas las clases, estaba desconcertada, sin hacerse de preguntar como se pudiera vivir sin reyes e hidalgos, sin personajes y celebridades. Era una situación muy difícil a comprender, algo que no se podía beber de un solo trago.

 

Sin embargo, a la infanta la noticia le parecía interesante, incluso fascinante. Al principio a tientas, después dando la paliza, pidió a su padre que le dejase ir en uno de esos países para ver todas esas maravillas.    

«¿Padre, qué problema hay? Soy joven, más sana que una manzana, bastante inteligente para no ser engañada por estafadores o seductores, bastante fuerte para defenderme. ¿No te recuerdas que tengo desde varios años un cinturón negro de karate? ¡Si alguien tratara de agredirme, le daría una que le mataría y acabaría cubierto de cardenales!» Finalmente, el rey dio su consentimiento.

 

Hoy en día, la infanta trabaja como encargada de relaciones públicas para un banco internacional y vive con su compañera, Simone, en Nueva York donde viven felices pero no comen perdices porque son vegetarianas.

 

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Published on e-Stories.org on 03.10.2025.

 
 

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