Maria Teresa Aláez García

MÚSICA CORPÓREA 2

 

¿Qué hace que el cuerpo se levante, se colapse sobre sí mismo, voltee y sienta el impulso de saltar, de alzar las piernas, de encoger o estirar los brazos deseando acoger a quien tiene delante, acaricie el cielo, sienta bajo las plantas de los pies la vibración de la tierra, el sudor de la tierra, el sopor de la tierra, la fragancia del cielo, el calor del aire, la suavidad del cielo, la terquedad de los árboles y de las palabras, el sustento de las frecuencias, el pecho desvalido con las amarguras fuera, el temblor que confiere la música, los bajos, la percusión al cuerpo acompañando a los latidos del corazón.

Yo puedo describir de varios modos una danza.

Puedo decir:

1.- Se puso a girar y  girar. Luego saltó y casi se cae. Después se agachó y luego se levantó. Dio tres saltos y dos giros. Cruzó las manos. Las descruzó. Alzó las manos por encima de su cabeza y luego las bajó.

O puedo decir.

2.- Giró y giró, de modo casi violento. No se cayó de milagro y sentí miedo al ver cómo giraba y también sentí contento cuando dejó de girar. Después se agachó y se le transparentaba el maillot, el pecho pequeño y casi disimulado por la tela que pretendía ser cubierto más y más. Se levantó y volvió a ser la tabla de antes y yo sentí ganas de reir  al pensar en todo esto. Más tarde dio tres saltos abriendo mucho las piernas, infinitamente, se elevó mucho por el aire, se ve que estaba preparada. Yo no hubiera podido hacer eso, era peligroso, sentí que estaba en peligro y me dio miedo de nuevo pero ella parecía muy segura de lo que hacía.  Giró y giró haciendo dos piruetas. Se colocaba en posición de tercera y dándose un bello impulso con las piernas y  ayudándose con los brazos giraba y no se agarraba a ningún sitio. Eso he de aprenderlo  a hacer yo porque queda muy chulo. Esos giros son de discoteca.

Luego cruzó las manos como dándose las gracias o como apoyándose una sobre otra y vi que las tenia muy bonitas y blancas y limpias y sentí agrado al verlas. Después las descruzó como dándonos a entender una apertura todos los que la mirábamos.  En un momento dado en que la música se elevó en volumen, intensidad y en amplitud de intervalo, subió las manos como dando gracias al cielo. Luego las bajó siguiendo las cadencias de la melodía.  

Y también puedo decir:

3.- Su cuerpo estaba tenso. En un principio frío, en un principio temeroso, pero seguro de sí mismo. Se colocó en posición y escuchó la música. Miró el escenario. Era amplio. Miró las luces. Algunas le molestaban, sus reflejos no le permitían observar todo el recorrido del escenario, así que se agradeció a sí misma la prueba anterior, el ensayo, para saber hasta dónde podía llegar.  Se prometió a sí misma pedir que apagaran al menos dos de los focos más elevados. Sobre su piel el sudor empezaba a caer y el maquillaje, de nuevo, se hacía algo insoportable.

No veía bien al público. Como siempre, en medio de ese velo blanquecino, algunas caras y algunas voces que no dejan de hablar. Los instrumentos están algo desafinados. Quizás hubiera sido mejor una grabación aunque en vivo y en directo, sentiría mejor la vibración bajo sus pies, sobre las tablas del escenario, de la música. Ahhh ,ese fragmento,  la lleva por los aires, sabe cómo entrar dentro de su corazón, sabe voltearla pero ese paso cuando las notas son más graves y marcando el pizzicato, cuesta mucho colocar los brazos en esa posición.

¿Qué pensará?

“Comienzo. En menos de un segundo tengo que tener el cuerpo caliente. Así que comenzaremos con piruetas una sobre la otra. La mirada en un punto fijo, a mi izquierda, la cabeza bien derecha como la espalda y empiezo a volar, a dar vueltas junto al aire, giro, giro y no pararía de girar, uno, dos, no siento los brazos, agarran el aire y como un manto lo colocan alrededor de mi cuerpo, me abrazo al aire para girar y puedo sentir mi propio movimiento en la vuelta y apoyarme sobre él dejándome llevar, giro, una, dos y tres veces sin perder el equilibrio en un perfecto acuerdo entre mi base de sustentación, la cabeza que fija el punto de dirección y el cuerpo que sigue todo el movimiento,

Y ahora salto, Tras el giro es el mejor modo de seguir calentándome las articulaciones, de soltarlas de su aridez, de desenvararlas. A mí los giros me piden saltos pero no un salto tras tres giros sino un salto tras cada giro. Y cada vez más elevados, con las piernas más abiertas, como pudiendo abarcar el puente de la distancia entre los dos puntos del salto o ir de un lado al otro del escenario. En este momento la música forma un arco que me transporta, me coge por encima de los brazos, me levanta y me hace volar, impulsarme con los brazos, sobre las piernas y saltar hacia un vacío que puedo controlar con mi propio esfuerzo, sentirme etérea por unos segundos, los mismos en los cuales la música se llena, llena todo, se hace brillante, se espesa en el redondo cuerpo del sol y me pide grandeza y ánimo y se lo doy , brillo con ella, salto con ella, me hago grande con ella, para luego empequeñecerme bajo ella.  Y vuelvo a girar haciendo que la misma música me abrace y me mueva, me proteja de mi propio salto, de mi propio cuerpo, me oculte ante los ojos ajenos mientras ella sigue altiva y segura de sí misma siendo la total protagonista de la acción y reacción que se nota en el escenario y se transpira tanto en la piel del público como en cada fibra de las ropas, del tejido espectral del vaho, del humo, del ambiente.

Cruzo las manos para ir cortando la velocidad que he cogido. Al cruzar las manos obligo a mi cuerpo a detenerse, obligo a cortarse la comunicación con el público y con la misma música y parto la brillantez con el silencio que la pieza no quiere dar. Quizás un piano, quizás una ruptura entre dos momentos, quizás una brusca entrada de voces, quizás un cambio de tonalidad.  A ser posible al cruzar los brazos me doy la vuelta y oculto ante el escenario mi rostro, mi cuerpo, mis sensaciones y cierro mi conexión ante el público, ante los músicos y ante mi misma.

Lentamente las descruzo. Voy a enseñar algún secreto de mí misma, de mi fricción con la música, de mi comunión con ella, de mi deseo hacia ella y de mi contacto con ese hilo invisible que nos une. Nadie verá la corriente que ha entrado en mi cuerpo por los pies, por el oído y por mis ojos cerrados ni ha visto llenarse mi cuerpo de colores ni las chispas de electricidad que me han llenado y han cubierto de deseo todo mi interior. Deseo que ha querido plasmarse en giros y en aperturas, en saltos y en cierres, en movimientos en ocasiones desusados, en ocasiones algo cursis, románticos o fieros según las circunstancias. Deseo de transmitir sentimientos que no hablan por mi boca ni por los gestos de mi mano pero que mi cuerpo sabe expresar y que mi duende permite transmitir. El deseo de agradar, el deseo de mover, el deseo de activar, el deseo de amar o de perder, o de dejar la angustia o sentir la herida, de pretender el sol y de recibir a titán. El deseo por sí solo, triste y desolado, alegre y amparo de todo mi cuerpo en su envés y en su realidad. Y ahora por fin levanto las manos. Es mi triunfo. Pero no las levanto por delante del cuerpo ni por detrás. Hay muchas maneras de bajar las manos, de levantarlas, de realizar un plié, de girar en las pirouettes. Dejo que el manto con que me abracé en los giros caiga de mis manos y lentamente, formando un arco, haciéndome ser vida entre cascadas de estrellas transparentes e invisibles, caiga y doblo un poco el cuello, desviando coquetamente la mirada y doblando un poco la cabeza tiernamente mientras mis pies se cruzan en una quinta y llego al final. Y dejo que sea la música la que vaya cayendo sobre mí acabando de cubrirme, descansando sobre mi piel, mi pelo, mis telas, mi cuerpo, en un solaz final acogedor y fresco para el público.”

 

 

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Published on e-Stories.org on 08.11.2008.

 

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