Maria Teresa Aláez García

En catorce minutos

Corto espacio de tiempo. Para permitirme. El qué.

Escuchando las rápidas, raudas notas de los pájaros que corrieron en cierta ocasión por el pensamiento de Wim Mertens, llega también a mi conciencia la melancolía de un saxofón a la entrada de la tarde. Un saxofón soprano que a su vez me trajo la visión de los rascacielos, de los paisajes urbanos de mediados del siglo XX. En muchas películas de Estados Unidos – de América, un único país americano entre los muchísimos que hay, no el símbolo de todos los países americanos – aparece la arquitectura del hierro y del hormigón, la de finales del XIX y principios del XX. Aquella que hizo que el país fuera grande y que la gente se sintiera importante y tuviera poder. Y a qué precio. Más amargo que bello. Aunque en muchas ocasiones, bien llevado y bien administrado, llegó a ser un precio no abusivo y bien trabajado, a veces mal pagado si hubo vidas que contribuyeron a ese pago.

Hoy recordaba el frío. Sigo escuchando a Mertens y su Close Cover. Tranquilidad en las oscuras notas de la noche. Invitan al silencio, al reposo, en un inquietante minimalismo que me ha enseñado a eliminar muchas cosas superfluas y a encontrar en lo mínimo la belleza y la perfección.

Pensaba hoy en lo que me gustaría a veces, bajar en el invierno o ahora, en el otoño, a estas horas, las once o más tarde, la una de la madrugada, a la playa o acudir al campo y recibir parte del frío o parte de la oscuridad, parte del miedo, parte del maravilloso influjo de la luna y parte de la inseguridad, parte de las gotas frías de la brisa o de una leve lluvia, sobre el rostro, dando la espalda a la luz, como he hecho tantas veces. En verano, en invierno. Qué haría yo a esas horas por la calle. Cierto. Qué haría yo. Y de qué me habría privado si no llego a hacerlo y llego a estar en conexión con la vida en sueños, con el mundo en estado latente, con medio planeta dormido y el otro medio despierto sufriendo, trabajando, acudiendo a dormir o despertando según el huso horario y las circunstancias de la vida. Ahora no podría contarlo.

Como hay tantas cosas que escribiré y romperé y tiraré. Hoy me desperté con cierta tristeza, pensando en eso que no podré contar, o no podré escribir, o no podré relatar, por varias razones. Por que no le interesa a nadie, porque no es bello, porque no debe de leerse ahora o porque no tiene importancia alguna. Cierto es que el lector es quien lo debe decidir. Pero tras ver la opinión que algunos lectores o que las otras personas tienen sobre cosas que son semejantes a las que yo quiero decir, sobre asuntos semejantes a los que yo quiero relatar, sobre situaciones paralelas o semejantes a las que yo viví, mejor no las saco. Incluso me estoy planteando el hacer como la gente zen y borrar de un brochazo todo lo que he construido en Internet. Registrarlo y hacerlo desaparecer y que muera en una caja de cartón o acabe quemado entre los depósitos de un archivo municipal o estatal. Para que llegue a poca gente o a nadie. ¿En serio son útiles? ¿Cuánta gente se ha sentido ofendida, pesada, aludida por tanta letra? ¿Cuánta gente me ha llamado plasta, peñazo, amén de gorda, fea, jabalí, jabata, patanegra, zote, estúpida, obsesa, acosadora y otras cosas peores por que han pensado que mi actitud y mis letras les ofendían? ¿Cuánta gente por compromiso me lee, me dirige sus letras, me acepta? Gracias por todo la verdad. Es demasiado para mí y odio obligar a la gente a hacer lo que no quiere.

 

 

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Published on e-Stories.org on 23.11.2008.

 

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