Maria Teresa Aláez García

En cinco minutos

 

No existe el más mínimo ruido. El silencio no se hace pesado esta noche y aunque el frío ronda de modo hosco y lunático por el balcón y detrás de la puerta de la calle, al acecho de cualquier rendija desvalida o de un descuido en el modo de cubrir el cuerpo, un calor extraño está presente en todo el entorno.

Hoy sólo dedicaré unas frases cortas a los enfermos de sida, a los delincuentes en la prisión. Porque he visto un anuncio en una página francesa que me ha recordado algo. En la página, una amiga había colocado su foto en el cartel, con el lazo rojo en su pelo y preguntaba si se la estimaría igual si ella estuviera enferma de sida. Entonces en la parte inferior, el cartel recordaba que no hay que luchar contra el enfermo sino que hay que repudiar la enfermedad. Esto me recordó a un cartel con una frase de Concepción Arenal, criminóloga ferrolana, que decía: “odia al delito y compadece al delincuente”. En ambos casos, la persona ha de ser protegida y hay que rechazar su obra o su dejadez, lo cual no hace de ella ni mejor ni peor persona. No sabemos cómo una persona puede coger sida. Si ella mismas busca el contagio  - sexo  o manipulación de objetos de una persona enferma sin cuidados – o si ha sido causal – médicos  o enfermeras, familiares, niños que heredan la enfermedad de la madre, etc…-. En el caso de los delincuentes, caso que no se puede comparar para nada al de los enfermos dado que el sida no es un delito aunque sí es una condena, sí se podría hablar de un contagio en la educación si la persona aprendió a manipular, mentir y engañar y no se le puso coto. Y así algunos sí están arrepentidos de lo hecho o tuvieron un arranque  - algo muy normal hasta en el ser humano más contenido – pero otros van por ahí con la cabeza alta tras haber estafado a pobre gente y encima han confesado el delito. Entonces incurren en otro delito. Como personas quizás sean infelices pero su mal está en ir alardeando. Parece como si desearan violentar a quienes fueron sus víctimas.

En ambos casos y en otros similares, ojalá la sociedad vaya creando propuestas nuevas y la gente vaya entendiendo que, siendo aceptada tal y como es, tiene un puesto en este lugar nuestro, en este planeta y se la tiene en cuenta.

Mientras tanto pensaba en que al acabar esta serie- en cuatro dias – me gustaría ir escribiendo cosas más positivas. Cuando las escribía me llamaban cursi. Ahora las dejo caer sibilinamente pero no me atrevo a sacarlas fuera por el gran peso que coloqué sobre ellas, dado que me di cuenta de que en esta tierra no se puede tener en cuenta ni la ternura ni el cariño ni el amor  ni las lágrimas ni nada similar. En esta tierra y en estos tiempos hay que ser cruento, forjar imágenes tremendas que impacten sobre el lector y a lo demás se le llama ñoñería. Pero esas ñoñerías son necesarias porque nuestro cuerpo necesita liberar tensiones tras haber sufrido emociones suertes. Sí, hay personas que buscan toda su vida un aliciente y no lo encuentran  y están permanentemente insatisfechas, personas que no quieren estupideces según dicen. Es otro modo de llamar la atención sobre ellas.  Necesitan investigar, vibrar, nunca están saciadas y siempre quieren más y se hastían más pronto porque no se reconocen ni ellas mismas, no se ven ni ellas mismas, ni siquiera se saben en ellas mismas y no se reconocen. Además se equiparan con gente de fama y fortuna que está lejos de su alcance y ponen la cultura de la imagen como referente. De este modo hemos conseguido que la imagen y su cultura pasen por encima de la persona. Será otra burbuja que caiga porque el interior es fuerte, es nosotros mismos y se impondrá hasta por encima de nuestra cabezonería para dar la mano o coger del cuello cariñosamente a quien desee atención y compartir o las ñoñerías o un buen concierto, un sano paseo, una agradable conversación o una ducha íntima.  De este modo se consigue una madurez en muchos aspectos y dar paso a una necesaria introversión que evitaría muchisimos de los detalles escritos más arriba o en otros mensajes.

Y mientras el cielo, la luz, el mirar y hallar nuestro propia luz y sacarla fuera. El abrir las manos al sol y compartir su energía. El cerrar los ojos ante una obra de Schubert o soltar algunas lágrimas porque el solo de saxo es tremendo.  Y perderse infinitamente en un segundo o dejar que ese segundo se amplíe hasta el infinito. Hay tantas cosas en esta vida qué hacer y qué sentir que si intentáramos realizarlas todas, al menos con el intento nos daríamos por satisfechos, romperíamos la rutina y nos enriqueceríamos totalmente.

 

 

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Published on e-Stories.org on 02.12.2008.

 

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